ARTÍCULOS Y PUBLICACIONES

LOS OTROS


*Por Eduardo “Tato” Pavlovsky

El otro día salí de mi casa y me encontré con seis niños que me esperaban con las manos abiertas rogándome si les podía ofrecer un poco de comida (no de dinero). Los niños tendrían entre 3 y 8 años. Yo conocía a la madre, a la que había ayudado varias veces, y ella me dijo: “Doctor, por favor, tienen hambre, quieren comer algo”. Un tanto impresionado por la visión kafkiana de la cara famélica de los niños saqué 20 pesos y se los di, señalándoles una rotisería donde podrían conseguir el almuerzo del día.
La verdad es que la alegría de los chicos fue enorme y partieron corriendo hacia el almacén. Salí de mi casa caminando hacia Libertador cuando vi otro chico que se acercaba para pedirme comida. Le conté que hacía unos minutos unos niños me habían pedido comida y que estarían comprando en la fiambrería de la esquina –con un pequeño dinero que les había dado– y que tal vez podía pedirles algo. Salió corriendo y casi un coche se lo lleva por delante, tal era la velocidad y distracción que imprimió a su carrera. Seguí caminando hacia Libertador, donde tomé un taxi hasta Rodríguez Peña y Santa Fe.

Otros aires dije yo, otra ropa, otras mujeres. Me sentía en París. Cuando una señora con una beba en los brazos me agarró de un hombro y me dijo: “Don, me puede ayudar, hace un día que la nena no come. Vaya si quiere Ud. a la farmacia y cómpreme leche en polvo. Yo lo espero aquí. Para la nena es importante...”. No tuve cuerpo ni bolas para ir a la farmacia, le di 15 pesos, que era el vuelto que me quedaba. La señora, muy agradecida, me dijo –con sus ojos verdes humedecidos por un llanto que no parecía fingido– “que Dios lo ayude” y se fue caminando hacia la farmacia.

La indigencia, la pobreza, pensé, es una fábrica de construcción de delincuencia. Hacía un rato había escuchado a un psiquiatra por TV decir que la delincuencia es congénita y que no hay tratamiento posible para ella. Sólo encerrarlos para toda la vida por su peligro, ante la mirada aprobatoria de los demás ignorantes que lo rodeaban.

Me acordaba de que en las favelas de San Pablo los niños luchaban a favor de los narcotraficantes en contra de la policía, porque los narcos les daban comida. ¿Por qué iban a luchar en contra de quien los alimentaba?

Pensaba –como lo he observado– que la delincuencia profesional toma a estos niños de la calle y los forma como especialistas del robo. Pensaba en los niños de las verjas que me pedían comida, en el niño que se me acercó después, en la joven señora que me pedía leche en polvo de la farmacia. Con qué valores se formarán –cuando no existe el continente afectivo que los proteja–, cuando no tienen ropa, cuando no comen bien, cuando no tienen estudios ni recursos sanitarios, cuando sacan la comida de las bolsas de la calle, cuando ven hoy más que nunca la desigualdad social llegando a límites insospechados.

El 30 por ciento de los niños en nuestro país son pobres o indigentes. No querer ver que existe pobreza e indigencia es responsabilidad del Estado, es aceptar que las crisis las podemos sufrir la clase media y la clase alta –2/3 del país–. Pero ese sector del subdesarrollo de los recursos humanos más elementales no sufre las crisis ni las entiende. Sólo percibirá el menor suministro del limosneo o la menor calidad de la comida que arrojan en las bolsas los privilegiados de siempre.
Pero siendo así –lo vemos así– no podemos dejar de percibir la desigualdad social cada vez más escalofriante. Me pregunto por qué el Estado no lo nombra y actúa en consecuencia. Tres generaciones de niños con daños neurológicos por falta de una educación adecuada y mal atendidos en los hospitales porque muchos no tienen dinero para viajar.

Si no se ataca la pobreza como prioridad absoluta estamos matando literalmente a estas vidas sin futuro, sin alegría, sin esperanza, 1/3 del país. Vidas desahuciadas. Vidas desperdiciadas. Las corporaciones políticas parecen esquivar el gran problema. Pero esta gente –sólo ayudada por algunos movimientos sociales– queda de espaldas a la vida. Sin pertenencia de país. Sin arraigo. Todo esto nos pasa a nosotros y lo más terrible es que aún hoy hay recursos para sacarlos del infierno, del lugar de la promiscuidad, del hacinamiento, de la desnutrición y de la delincuencia. No debemos ser ahora indiferentes a la muerte de ocho niños por día en nuestro país de hambre. Es un crimen. En serio. Crimen que tiene responsables.

* Psicoanalista. Autor, actor y director teatral.
Página 12. 18 de marzo de 2009

Acerca del cuidado de niños y adolescentes pobres

Raquel Bozzolo

La existencia de los niños y adolescentes pobres de nuestro país, especialmente en la Provincia de Buenos Aires, se encuentra jaqueada por violencias de todo tipo. La gravedad del problema se presenta no sólo en el hecho de que las violencias resultan en ocasiones incompatibles con la vida, sino que entorpecen la invención de soluciones adecuadas a las condiciones biopolíticas contemporáneas.

Me propongo acotar el tema a los niños y adolescentes pobres, a los fines de no extender estas notas, aunque obviamente no desconozco las amenazas a la existencia de jóvenes de mayores recursos… No tenemos más que mirar a nuestro alrededor; el número de accidentes automovilísticos, suicidios y muertos en riñas o por consumo de sustancias hacen presente unos riesgos que no vienen de afuera ni de los suburbios de la ciudad.
Mi contacto con estas condiciones de existencia ha sido a través de las tareas de co-pensamiento desarrolladas durante estos últimos años en las denominadas supervisiones de equipos de trabajo comunitario, en la ciudad de La Plata y Gran La Plata[1] y en Mar del Plata, a través de la Secretaría de Extensión de la Facultad de Psicología de la UNMP. Escribo en primera persona, ya que no lo hago en condición de experta, sino de quien se encuentra afectada, preocupada y ocupada por la precarización de la vida que va conformando nuestra existencia, no sólo la de los pibes, no sólo la de los pobres.
Aunque suscribo totalmente la consabida frase: “la primera violencia es el hambre”, no acepto que la solución de los denominados conflictos con la ley de los niños y jóvenes de hoy se resuelva simplemente con la denominada protección de sus derechos (de alimentación vivienda, recreación, educación, etc). Si así lo hiciera, quedaría por discutir que significa proteger esos derechos.

Quiero postular, un tanto axiomáticamente, algunas ideas, para pensar esta situación, que espero sean tomadas como lo que son: un borrador, un balbuceo provocador de nuevas voces para seguir pensando con otros.

1.- La infancia ya no es lo que era. “Infancia”, fue el nombre de una etapa evolutiva de los hombres, con características precisas, en las que no abundaré, que remitía a un conjunto de significaciones sociales. Inocencia e indefensión, fueron quizás las principales, que fueron cimentando el orden tutelar, en la familia y en el estado. Este conjunto de significaciones se entroncaba en la idea del ciudadano (ya adulto) del Estado Nación. El ciudadano fue formulado como el sujeto de las democracias, regido en sus conductas por una ley que distribuía derechos y obligaciones. Hoy, esta no es la única modalidad de subjetivación pensable; se han producido otras subjetividades como la del consumidor. Su producción no diferencia etapas evolutivas, pero se distribuye según los segmentos del mercado y nuestra reciente constitución ampara en sus derechos y no le prescribe ninguna obligación[2].
Lo que hoy nombramos con el título de niñez y adolescencia es otra cosa, que requiere ser pensada en una multiplicidad compleja. La tan celebrada derogación de la ley de patronato, implica inventar unas significaciones, unos procedimientos y unas instituciones que hoy no existen.
El mismo capitalismo que sostiene las aventuras financieras que arman las burbujas que nos dejan más pobres y perplejos al estallar cada tanto, sigue produciéndonos como consumidores, figura subjetiva que requiere de nuestra insatisfacción permanente[3]… La promesa de satisfacción modula un deseo rabioso, que al no poder satisfacerse se frustra engendrando violencia y odio y al no poder ser regulado por la obediencia a la ley, queda desatado buscando su descarga… ¿esto lo puede evitar la cárcel? Y además… ¿Esto lo pueden subsanar la ayuda económica y la defensa de los derechos?

2.- La libertad en desamparo y precarización. Ante la llamada “ola de inseguridad” se habla de bajar la edad de in-imputabilidad, aunque esté absolutamente demostrado, como sostienen numerosos juristas, su ineficacia a la hora de evitar que tanto niños como adolescentes infrinjan la ley[4]. Quienes sostienen estos argumentos parecen estar convencidos de encontrar la solución en detener la tan mencionada “puerta giratoria” de la justicia.
El miedo ha sido y probablemente seguirá siendo un poderoso motor para solicitar más cárceles e incluso la exigencia de muerte del violador o del asesino. No es mi pretensión intentar disipar o hacer desaparecer semejante sentimiento… pero es imprescindible que los que todavía podemos pensar en medio de estas condiciones de vida, lo hagamos.

Más allá de las conocidas complicidades de fuerzas policiales corruptas -en la protección para que choreen o maten o trafiquen para negocio de esas mismas fuerzas- la cárcel o la internación en tumbas no implica protección alguna para si mismos: las mafias los esperan allí, en las prisiones o los institutos, para chantajearlos y seguir usando en su beneficio la sobre-vida de esos niños o jóvenes.

La libertad fue el bien más apreciado en el surgimiento de nuestro orden moderno y la prisión era una muerte social. Hoy estar libre no garantiza la vida y en ocasiones es quizás más amenazante. Cuando la existencia misma esta precarizada, cuando ciertas muertes no conllevan castigo, ni importan a nadie. Si la libertad es una mercancía que no cotiza alto en el mercado de valores. ¿Qué sentido tiene entonces la privación de libertad? Hoy es prioritario pensar qué condiciones permiten afianzar y ensanchar la vida, antes que proponer un antiguo castigo[5] que hoy no funda pureza ninguna. Se que abrir este interrogante no resuelve la cuestión, pero descartarlo y seguir insistiendo en soluciones agotadas tampoco y elucidar las significaciones que animan nuestros haceres es un tarea posible.

3 - La significación “derechos del hombre” nace en plena invención de las democracias burguesas que al mismo tiempo produce a su habitante: el hombre ciudadano. La concepción progresista y racionalista de ese orden necesitó de una implementación de leyes y reglas para ordenar un mundo al que había que alejar de la animalidad y acercar al Espíritu y la Razón[6]. Así nacen las protecciones de los “derechos de…” Como bien se ha afirmado la proclamación de los derechos de alguna modalidad de humanidad se hace cuando éstos ya son vulnerados, como para construir un dique ideológico al desborde que ya está produciendo. La denominada protección de derechos del niño ha sido tantas veces proclamada como violados esos mismos derechos.

Ocasionalmente, tal como ocurrió en la postdictadura argentina, la reivindicación de los DDHH desplegó potencia transformadora y permitió hacer ser unos modos de habitar el mundo, más justos. Los que trabajamos en este campo hemos comprobado, a veces dolorosamente, que su potencia no es sustancial, sino situacional y que esa bandera puede plegarse en negociaciones que nada tiene que ver con su potencia inicial.
El problema no se presenta ante los específicos derechos de los niños, ni su consabida declaración de San José de Costa Rica. Lo que hoy se muestra agotado es la misma noción de los derechos como factor potente de construcción de comunidad. En nombre de los “derechos de…” hoy se movilizan barrios de pobres contra asentamientos de más pobres, vecinos contra vecinos…, madres contra maestros, maestros contra madres… La proclamación de “estoy en mi derecho”, “es mi derecho”, “tengo derecho a…” puede sostener cualquier cosa como válida… en esos casos -cada vez más frecuentes- el derecho es una especie de propiedad sustancial, que hay que defender, aunque en su defensa se impida la construcción de un común en la heterogeneidad, con los que enarbolan los otros derechos. Sólo esa construcción -esa modalidad de composición en diferencia- puede fundar comunidad, pero para ello es imprescindible que compartamos un problema: la defensa de la vida que hoy se encuentra amenazada.

Tomando las proposiciones de Roberto Esposito: según esta lógica “en el orden jurídico moderno sólo es común la reivindicación de lo propio”[7]. Se trata entonces de “mi“derecho, o quizás en una extensión pretendidamente “social”: “nuestros” derechos.

Haciendo cierta gala de vitalismo y optimismo, podríamos afirmar que siempre la vida desborda, muta y degenera, deviene otra forma de vida, porque es vida y esa es su naturaleza… pero la vida de la que hablamos es siempre política y nunca es sólo naturaleza. Y hay una política de la vida, una biopolítica, que también incluye el desprecio por la existencia de esos niños y jóvenes, cuando ya no es posible sacar ningún beneficio de ellos. Su vida sólo vale cuando consumen mercaderías o pueden trabajar choreando o matando o traficando para beneficio de otros, o cuando pueden trasformarse en subsidios económicos, o réditos políticos.
Defender la vida de esos niños y adolescentes amenazados, antes que la defensa de sus derechos, implica expandir la vida de ellos y la nuestra, haciendo cosas juntos, cuidándonos juntos. Este es el desafío que enfrentamos quienes estamos incómodos, doloridos y muy preocupados por las condiciones de nuestra existencia. No va a ser posible defender a la niñez y la adolescencia sino estamos dispuestos a cambiar nuestra vida.

Por lo que he comprobado en mi actividad, no son pocos los que sostienen esta apuesta: son agrupamientos de gente muy diversa (artistas, maestros, activistas sociales, vecinos solidarios) en experiencias de composición con otros muy diferentes a sí, estos agrupamientos ya no se sostienen en intereses comunes sino en la necesidad de asegurar la continuidad de la vida, por expansión de la vida.

Diciembre de 2008

[1]Como titular de la cátedra Psicoterapia II de la Facultad de Psicología de la UNLP
[2] Corea, C.y Lewkowicz, I. “Se acabó la infancia?. Ensayo sobre la destitución de la niñez”. Editorial Lüemen, año 1999.-.
[3] Lewkowicz, I. “Subjetividad contemporánea y adicción”. Ficha de cátedra Psicoterapia II UNLP. Ver http:// psicoterapia2unlp.ning.com
[4] Bozzolo, R. “Actos de Justicia ante la caida de la ley” en Bozzolo, Bonano, L´Hoste, “El oficio de intervenir. Políticas de subjetivación en Grupos e instituciones”.Editorial Biblos. Año 2008
[5] Por lo que recuerdo castigo es hacer casto, hacer puro
[6] Bozzolo, R. “¿Derechos Humanos?. Notas sobre el término Humanidad”. en Bozzolo, Bonano, L´Hoste “El oficio de intervenir. Políticas de subjetivación en grupos e instituciones”. Editorial Biblos, Año 2008
[7] Esposito, R: Inmunitas. Protección y negación de la vida. Amorrortu editores, Buenos Aires, 2005

Dezapatillasgorrasycelulares

por Héctor Martiarena

Cuando decimos acceso ¿pensamos en que?

La modulación de las relaciones del mercado con los consumidores, segmenta ese acceso para hacer viable los negocios. En esta lógica podemos decir que no hay quien este fuera, sino preguntar cual es el segmento diseñado por el mercado para cada sector, de acuerdo a factores de herencia, patrones culturales o desenvolvimiento económico.Los llamados chicos pobres, vulnerados o en riesgo, también son contabilizados en esta ecuación. Ellos, como el resto son sujetos conformados en la calle, los ámbitos familiares, escolares, laborales, según sean las circunstancias. Todos estos ámbitos atravesados por las leyes del mercado, legitimadas en las estructuras burocráticas e instrumentalizadas desde los medios.

En los márgenes de los conglomerados urbanos no viven excluidos, sino sujetos con el mandato social de reciclar. Función evaluada positivamente por el resto que consume lo calificado de alta calidad. Los cuerpos objetos son sostenidos en lo biológico y prefigurados por la propaganda en lo simbólico.“Hasta la inclusión pasa por modos de desubjetivación; el costo de la inclusión también es muy alto. Este es el pensamiento de los sectores medios: si le dan dinero a alguien que está pidiendo y se va a comprar vino, el comentario es: ¡Qué barbaridad, tendría que haberse comprado pan! ¿Por qué no puede comprar vino? ¿Por qué no pueden tener un televisor? Ahí está la concepción biopolítica: lo mantengo con vida en el horizonte de los límites mismos de la supervivencia, pero no tiene derecho a tomar una copa de vino, a comer algo muy rico. Sólo tiene que nutrirse para seguir vivo. Es brutal, es una concepción fascista. Condenar a los pobres a la mera supervivencia biológica es deshumanizarlos”. (1)

El discurso político habla de re-distribución, presuponiendo que antes algo fue distribuido o que alguien tiene la potestad de distribuir, y dice ingreso como si se estuviera fuera y se debiera entrar, digitando cuantos y en que monto pueden hacerlo, sólo se proponen distribuir lugares o funciones. La riqueza pareciera no estar en discusión.“La política ha dejado de entusiasmarnos, aunque algo perdura, como una chispa debajo del carbón que ahoga…” (1)

Pero la cuestión es que cuando se recorren los márgenes, podemos advertir que ser cartonero, mendigar en las esquinas, hacer malabares en los semáforos, prostituirse o delinquir, es tanto o más rentable que ser empleado en un comercio.Se dice igualdad de oportunidades y difícilmente se piense en la posibilidad que cualquiera de estos chicos pueda ser un científico o en el mejor de los casos un peón, un mecánico o un carpintero.El derecho de admisión esgrimido por las elites, sigue diseñando la configuración de nuestras ciudades y determinando la matriz cultural y los accesos a los bienes simbólicos.

La tragedia es que no se pertenece por idéntico que sea el producto que se consume y esta no es la contradicción, es la operación. Muchos de estos chicos llevan zapatillas costosas y celulares de última tecnología. Pero su lugar de destino es el margen, donde se vacían los residuos, se reciclan los desechos se consume lo vencido, los sobrantes o lo defectuoso.

En los márgenes circula una para-ciudadanía, acosada en la dictadura por los operativos rastrillo y arriada en la democracia al epicentro de las ciudades para armar poder. Pero en todos los casos devuelta al margen, muchas veces con un tiro en la cabeza.Haciendo referencia a las nuevas formas de ser y estar, Silvia Duschatzky hace referencia, en uno de sus escritos, al concepto de Subjetividad de Intemperie: “es casi como estar expuesto, como estar arrojado a un mundo sin red, donde hay que procurarse sólo o con otros la forma de gestionar la propia vida, y no tener nada seguro. Por supuesto que no tener nada seguro no es tan malo porque muchas veces empuja a la creatividad y la invención. Por otro lado nunca hubo todo seguro, pero es verdad que en un tiempo donde ciertas contingencias eran gestionadas por el estado, nosotros no lidiábamos con todas las contingencias de la vida. Había como ciertas cosas, la seguridad social, el imaginario de un ascenso social, trabajo, vivienda, había una cantidad de cosas, de riesgos, que eran gestionados por los estados”. (2)

Desde el margen se observa con nitidez la eficacia de las reglas del capital, garantizando que nada se desperdicie y de la metodología de la empresa mediática, implacable al sustituir ciudadanía por consumo. En la actualidad este binomio preña las mentes desde el ciberespacio, sumando a la carencia o a la calidad de los recursos básicos, la carencia o la calidad de un lenguaje que conecta con la red.

En los márgenes la virtualidad no tiene ninguna virtud, en los poli rubros de las periferias se venden tarjetas prepagas a bajo costo, permitiendo un numero reducido de llamadas y una cantidad de mensajes de texto, donde nuevamente se deconstruye el lenguaje volviéndolo cada vez mas fragmentado. La palabra, en tales condiciones no termina de armar un soporte en donde pensarse como especie. Cada signo es medido y evaluado no por su significante, sino por su costo y si el costo es la medida, el orden de las prioridades no se construye desde la vida, sino desde la eficacia en los negocios o desde el mandato de devorar todo lo producido, por más que no califique éticamente.

La conexión se volvió silenciosa, en el deambular de los chicos en los márgenes, es el “ringtone” el que hace audible esa conexión. Y por lo general no son los padres avisando que los pasan a buscar, sino algunos otros que también deambulan buscando con que y con quien conectar, para de alguna manera tramar comunidad.

(1) Silvia Bleichmar “Las coordenadas sociales del neoliberalismo” Diario Página 12, martes 22 de agosto,
2006.
(2)Silvia Duschatzky “Subjetividad de intemperie y nuevas formas de composición social”.1º Jornadas de capacitación: jóvenes y adultos, encuentros y desencuentros en las escuelas.


Identidad Virtual

por Leticia Ciriza

“Sin duda, comunicar es siempre una cierta forma de actuar sobre otra persona o personas. En tanto el sujeto se encuentra en relaciones de producción y significación, se encuentra igualmente en relaciones de poder”.
(Michel Foucault-El sujeto y el poder)


Lo que a continuación va a ser desarrollado parte del supuesto de que los medios de comunicación en tanto constructores de significantes, y más concretamente la televisión, estarían ocupando un lugar de organizador en la estructuración del psiquismo de los niños y niñas que van construyendo su identidad en nuestras sociedades, las cuales han iniciado, desde la revolución industrial un proceso de desalojo del hombre que, sustituido por las máquinas, ya no es útil a los modos de producción nacientes.

El objetivo inicial del avance tecnológico tendría por fundamento la incorporación de las herramientas necesarias para que hombres y mujeres “produzcan” en la naturaleza, esto es, hacer cultura, lo cual pareciera modificarse invirtiéndose la relación sujeto-objeto, en donde el sujeto - hombre que manipula se transforma en objeto - maquina manipulado.

Tomamos aquí a la televisión como exponente de la virtualidad que nos atraviesa. Aparato tecnológico que en tanto objeto parcial, objeto virtual, nos remite a “partes” con las que el sujeto puede identificarse (1).

La construcción de la identidad se da por las identificaciones, introyecciones (2) y proyecciones que la persona realiza, desde una edad temprana, con respecto a las figuras parentales y a referentes que forman parte de los diferentes ámbitos de la vida en los que participa. Los llamamos otros significativos, nombrando de esta forma a aquellos que con su presencia ocupan lugares que son definitorios en el modo de ser y estar en el mundo y de significar la realidad.
Podría pensarse que este objeto-sujeto virtual de representación de la realidad, cumple un rol de gran importancia en la construcción de la identidad, jugando un papel de otro significativo, aparece en escena con su presencia masiva, generándose de este modo identificaciones con respecto a figuras virtuales e inexistentes.


(1) Identificación: Proceso psicológico mediante el cual un sujeto asimila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y se transforma, total ó parcialmente, sobre el modelo de este. La personalidad se constituye y se diferencia mediante una serie de identificaciones.

(2) Introyección: Proceso en el que el sujeto hace pasar, en forma fantaseada, del afuera al adentro objetos y cualidades inherentes a esos objetos. Esta próxima a la incorporación, que seria el prototipo corporal de aquella, pero no implica necesariamente una referencia al límite corporal. Esta en íntima relación con la identificación.


Inexistentes en un doble sentido: por un lado porque se hacen presentes ante nosotros a través de un medio que de por si es virtual, efímero, susceptible de desaparecer con sólo apretar un botón, con un corte de luz o desconectando un cable, por el otro, porque los sujetos- objetos de identificación que en él aparecen también son virtuales e inexistentes ; son construcciones socio-temporales y que responden a diferentes intereses (sociales, económicos, políticos dependiendo de la época y de quienes ocupen los lugares de poder).
Son virtuales, porque no existen tal como se nos presentan, lo que se nos muestra es un pequeño recorte de lo que con suerte existe en la realidad, ¿cuál?, alguna.

Estos sujetos-objetos aparecen ante el espectador que los contempla, como el ideal a seguir, como el objetivo a lograr, porque lo que se muestra y desde el lado del espectador, lo que se observa (consume) es, por lo menos por ese instante, la realidad.
Realidad que se nos aparece cargada de pautas a seguir y estereotipos a lograr, hay una borrosa línea entre cual es la realidad y cual es la ficción. ¿Es necesario prender la televisión para saber que pasó de importante hoy?, ¿es menos importante lo sucedido en la vida de cada uno de nosotros?, ¿Cuál es la realidad, en realidad?, ¿Qué figuras toman como ideales los niños y jóvenes de hoy?, ¿cuáles son los ideales a lograr? ¿Que es trascender hoy?, ¿será que lo que uno haga tome dimensión mediática?, ¿que es ser exitoso y que precios hay que pagar para serlo?

Estos objetos-sujetos de identificaciones van ocupando lugares de representación en el psiquismo individual y de construcción de significantes en la caja de resonancia social. Están cargados de ideas, valores y objetivos que desde el vamos son imposibles de cumplir, de lograr, por su efímera existencia y por su falta de consistencia.

Cada vez más pareciera que los jóvenes y niños tienen como meta o proyecto de futuro (en el caso de que lo tengan) elegir carreras o desempeñarse en tareas que de alguna u otra forma están relacionadas con los medios de comunicación, con el exponerse, pero pareciera que porque en este exponerse esta depositada la idea de éxito, de trascender, de existir.
“Trascender en lo virtual, en la inexistencia para existir”, que paradoja ¿no?

Podría decirse que la idea de trascender esta ligada a las representaciones introyectadas, producto de la presencia de este sujeto-objeto de identificación virtual, que no sólo parecería influir en la organización del psiquismo y en la construcción de la identidad, sino que cumpliría un importante papel en el funcionamiento de la dinámica familiar, llegando a ocupar un lugar de integrante más. El lugar que ocupa parece acaparar la mayor atención y llenar espacios que pudieran estar vacíos, espacios de comunicación, de silencios y de interacción entre aquellos que la componen.

La importancia de plantearse que lugar ocupan los medios de comunicación en nuestras vidas esta ligado a que nos atraviesan de tal forma, que nuestras representaciones de la realidad son impensables sin tenerlos en cuenta. Los diferentes conceptos que conforman lo que somos, nuestra identidad, están delimitados por esta virtualidad, es por ello que debemos asumir una posición crítica y conciente de lo que cada una de las diferentes formas de comunicación desean decir, teniendo en cuenta que el sesgo, la omisión y el olvido comunican y la desfiguración miente.

El modo de ser y estar con uno mismo y con otros se va transformando en cada momento socio histórico, hoy ya ni siquiera la soledad la es del todo, con sólo apretar un botón podemos hacer ingresar a un mundo de sujetos virtuales que si nos descuidamos podemos llegar a pensar que en realidad existen y hasta podemos llegar a desear ser como ellos, desear tenerlos a ellos, o desear lo que ellos tienen.
También se puede establecer una relación amorosa de forma virtual, sin necesidad de la presencia corporal del otro. ¿Somos cada vez más virtuales? ¿Existiremos cada vez menos en la realidad? y finalmente ¿qué realidad?

Sin ir más lejos toda la información que renglones atrás fue escrita, es virtual, efímera, susceptible de desaparición si no es impresa en alguna hoja que exista en la realidad material.

"Una experiencia comunitaria de un modo de habitar en la cultura"

Exposición Lic. Silvia Mulder

Quiero comenzar contando cómo se fue gestando el encuentro entre la Secretaría de Extensión y el programa Almacenes Culturales.
Las razones que motivaron este acercamiento fueron, en un principio, el entusiasmo por un programa que propiciaba la integración de los jóvenes desde distintas propuestas que articulaban con la expresión artística.Diría que esto, que fue la motivación inicial, permaneció como condición de afinidad, por lo menos desde la apuesta de la Secretaría de Extensión para incluir estudiantes avanzados que no sólo pudieran contribuir en las tareas de Almacenes Culturales, sino también por la posibilidad de beneficiarse con una práctica formativa. Que no entendemos solamente como la ampliación de conocimientos a través de la práctica, sino que supone la adquisición de un posicionamiento ético en las intervenciones destinadas a poblaciones vulnerables. Pero además, pensando la extensión como un espacio de construcción y co-pensamiento.

La inserción de la Secretaría de Extensión en el Programa Almacenes Culturales se plasmó en un Plan de Trabajo suscripto entre la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad de General Pueyrredón y la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Mar del Plata, ratificado por Ordenanza del Consejo Superior Nº 1970. Además de estas condiciones que dieron formalidad a la tarea en común, se mantuvieron reuniones con el equipo de Almacenes persiguiendo el objetivo de delimitar el alcance de la inclusión de los estudiantes en el dispositivo no resultó una tarea sencilla por varios motivos. Por una parte, el Programa estaba dominado por una fuerte identidad propia, o sea, una cohesión y organización interna definida, que tornaba imprecisa la ubicación de los estudiantes. Por otra parte, la diversidad entre coordinadores de los almacenes y talleristas hacía que no pudieran definirse una tarea uniforme. Pero además, la variabilidad de la población destinataria determinaba que no hubiera un patrón en cuanto a aquello que el estudiante debía hacer, a lo específico del rol en una tarea que no siempre giraba sobre actividades pautadas.

Recordemos que para la mayoría de los estudiantes se trataba de una primera práctica. Gran parte de las dificultades planteadas pudieron ser trabajadas en los encuentros con Raquel Bozzolo. Creo que coincidimos los equipos de almacenes y todos aquellos que tuvimos participación desde la universidad, en que constituyó un espacio altamente propicio para el aprendizaje y para la tarea en tanto permitió pensar las dificultades y reflexionar sobre el accionar. Repitiendo los recurrentes señalamientos de Raquel Bozzollo digamos que se trató de poder calcular lo posible de la tarea, de pensar en armar situaciones cada vez y de no dejar fuera del trabajo de pensamiento, necesario en toda intervención, las propias afectaciones y la propia vulnerabilidad.

Quisiera detenerme ahora en las razones por las que se consideró –y se considera- altamente favorable la propuesta de Almacenes Culturales.
Para ello delimitemos el contexto sobre el que se interviene. La población destinataria está, mayoritariamente, sujeta a condiciones de exclusión social y participa de una realidad cotidiana marcada por lo que definimos como empobrecimiento de su capital simbólico. Los sujetos que concurren a los talleres –o que incursionan esporádicamente por los Almacenes- son niños o adolescentes, o sea sujetos que se encuentran en “formación”, entendiendo por ello que están estructurando su modo de estar en el mundo. Son varias las particularidades que podemos encontrar en estas poblaciones, desde condiciones materiales como es la escasa posibilidad de acceder a bienes básicos así como la falta de accesibilidad a servicios, hasta condiciones relativas a la organización familiar, como es la necesidad de que niños pequeños deban cuidar a hermanitos más pequeños aún o ausencia de referentes familiares en el cuidado cotidiano. Por caso y para ilustrar: en un barrio se tuvo la impresión de una significativa ausencia de adultos el día sábado. La explicación para tal hecho fue que muchos padres de familia estaban presos y las madres habían ido a realizar la visita semanal al penal. Pero aún otro dato dio mayor impacto a la observación: una actividad propuesta a los niños que consistía en realizar su árbol genealógico –en afiches que se encontraban exhibidos en las paredes- mostraba la inquietante imagen de los lugares paternos ausentes, o por estar presos o por estar muertos.
Esta observación nos permite pensar cierta condición de la época actual, cual es la declinación de las figuras normativizantes que ordenan la subjetividad en una legalidad común. No nos referimos con ello estrictamente a la ausencia de la figura paterna sino a la caída y el descrédito que pesa sobre los lugares que, en la constitución subjetiva, propician la creación del lazo social con miramiento por el semejante y con la aceptación de integrar la comunidad humana sujetándose a las reglas que la dominan.

Participamos de una actualidad en la que los lazos que constituyen y sostienen la comunidad humana están dominados por una lógica de mercado en la que el valor del sujeto se mide en términos de utilidad, en un contexto en el que la trama discursiva alienta una creciente “individuación”.Este es el marco en el que los niños y adolescentes deben realizar el trabajo de ingreso a la vida de la comunidad. Decía Rousseau que nacemos dos veces, una para existir y otra para vivir. Pero, ¿cómo acceder a la vida –en este sentido amplio que nos recuerda Rousseau- en condiciones de época poco alentadoras y en contextos dominados por la exclusión?Una de las enseñanzas que hemos extraído del estudio de las llamadas comunidades primitivas tiene que ver con las prácticas con que la comunidad acompaña los pasajes de la niñez a la adultez. Se trata casi siempre de pruebas a la que los adolescentes son sometidos y en la que se ritualiza una coyuntura considerada determinante para la vida futura.

No recordamos esta enseñanza por considerar que deba ser imitada sino para entender cómo se facilita el proceso cuando el grupo social ofrece una experiencia organizada en la que los individuos puedan realizar los distintos pasajes que implica la vida humana. Claro que no estamos proponiendo replicar rituales indígenas sino pensar qué ofrecemos, como sociedad, como adultos y como relevo generacional, a los jóvenes.

La propuesta de esta actividad organizada por la Facultad de Psicología y por Almacenes Culturales ha sido denominada "Una experiencia comunitaria de un modo de habitar la Cultura". Sin duda se trata de una denominación afortunada y seguramente no debida a una creación espontánea. Por el contrario, resume –si no me equivoco- la vocación de este Programa: ofrecer un espacio de experiencia en el que se apuesta a modos de realización subjetiva ofreciendo vías de sublimación en la creación o incursión artística.

En el gesto de alojamiento que consiste en tomar al otro en su potencialidad, o sea, aquello a lo que obstinadamente se dirigen los Almacenes, reconocemos la dialéctica de intercambio que instaura el lazo social y en el que lo que se da adquiere la dimensión de don de amor. No nos referimos con ello a cualquier tipo de dádiva sino al reconocimiento del otro como sujeto y el propósito de armar comunidad donde hay extranjería. Frecuentemente nos hemos interrogado sobre las maneras de intervenir si, como dice Raquel Bozzolo, la idea de comunidad con el otro está rota y la matriz de la sociedad disciplinaria ya no existe.

Parece no haber otro modo que sostener un proyecto en la variabilidad de un contexto de intervención siempre cambiante. Esto supone la necesidad de armar situaciones cada vez poniendo en juego la flexibilidad y la inventiva, que no debe confundirse con la improvisación.Merece remarcarse el término “sostener” porque se trata de aportar continuidad y permanencia aún frente a la fluctuación. La idea de encuadre se sujeta a esta condición, entendiendo el encuadre no como una serie de reglas fijas –que no harían más que ser funcionales y tranquilizadoras para el que interviene- sino la de una posición frente a la tarea que, repito, se sostiene con continuidad y permanencia. Entendemos que la apuesta se juega ahí. Y a ello me refería, cuando al principio mencionaba los puntos de afinidad con el dispositivo. O sea, la idea de contar con un marco que ofrezca un lugar y una escena para el devenir de niños y adolescentes a los que la suerte les ha sido desigual.

Voy a terminar como empecé: recordando los puntos de encuentro con este Programa, con ayuda de una canción de La Renga que dice:

No llores más
Dame la mano
Contame tu suerte
De esta manera
quizá no sea la muerte
La que nos logre apagar el dolor.
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